"Vamos a una pausa" revela secretos de la publicidad en TV en sus inicios

 Pausa

    Coincidiendo con los setenta años de la Televisión en la Argentina una investigación inédita,  "Vamos  una pausa" (Ediciones Infinito)  recorre un periodo por lo general olvidado que va desde el nacimiento de la TV hasta el momento en que pudo imponerse como medio elegido por anunciantes y agencias de publicidad.

       Lleno de anécdotas y de personajes que se irán recordando con su lectura, contiene además material de fotografía inédito que nos remontará a esas épocas históricas.

     Raúl Manrupe, nacido en Buenos Aires en 1960, es  Licenciado en Publicidad (USAL)  e investigador especializado en distintos aspectos de la cultura popular argentina y los medios masivos. Se ocupa de archivos fílmicos de publicidad histórica y dibujo animado, curando distintas muestras de estos temas.

      Coordinador del área de cine del Centro Cultural Rojas/UBA. Publico Un Diccionario de Films Argentinos, Breve historia del Dibujo Animado en la Argentina, Afiches del Peronismo, Berman 100 años. Creativo en agencias de Publicidad donde recibió varios premios nacionales e internacionales. Dirige la fanpage de Facebook Historia de la Publicidad.

     Entre otros libros, es autor de la saga Un Diccionario de Films Argentinos, junto con Alejandra Portela.

     "Vamos a una pausa – La publicidad en la televisión argentina 1951-1960" es una  investigación inédita que recorre el período que va desde el nacimiento de la TV hasta el momento en que pudo imponerse como medio elegido por anunciantes y agencias de publicidad.

      El libro bucea en los aspectos más desconocidos de esa década de experimentación intuitiva y las primeras transmisiones desde la inauguración de Canal 7 en 1951 hasta 1960, cuando se abren nuevas señales. Revela modos, prácticas, e intentos que en algunos casos fueron la base del crecimiento que siguió a este período y que en otros, quedaron fuera de uso casi instantáneamente.

         Además incluye una selección material gráfico desconocido, relevado en una gran cantidad de archivos públicos y privados, además de numerosos testimonios.

       Según afirma su autor, “Puse el foco en lo que le llamaban ‘el periodo tartamudo de la televisión’, donde había televisión desde las 16 a la medianoche y los locutores eran las grandes estrellas, más que los actores o las actrices. Los comerciales se hacían en vivo; la publicidad filmada era solo para el cine. Cuando los productores de los canales amagaron con exhibir publicidad filmada los locutores amenazaron con una huelga y tuvieron que dar marcha atrás”.

      Entre otros datos, en el libro se comenta que “Con la profesionalización de la creatividad iniciada en los años 60s al producirse la llegada de los canales privados, el peso de las campañas publicitarias pasó a recaer en los comerciales filmados y/o animados. El locutor entonces, dejó de tener el rol estelar que disfrutó durante esos primeros años, para quedar relegado a la conducción de programas dentro de la artística de los canales, o aparecer en spots fílmicos".

Manrupe

    Señala que "fueron personajes simpáticos, queridos, pero dejaron de ser factor decisivo en la estrategia publicitaria de los anunciantes, que a la vez, fueron también profesionalizándose. Los más afortunados, se adaptaron a los nuevos tiempos, conduciendo programas periodísticos o de entretenimientos, o tomando parte en comerciales filmados cuando la creatividad de las agencias o sus clientes lo requerían, identificándose en el mejor de los casos con alguna marca".                                                                                         

      De todos ellos, el libro señala que Jorge “Cacho” Fontana fue quien se mantuvo en vigencia durante tres décadas como autoridad recomendadora, hasta su ocaso, debido a un escándalo mediático extra profesional.   

       En esa primera década, los locutores acapararon la atención del público. Hasta se llegó al extremo de que algunos protagonizaran fotonovelas como Fito Salinas, Nelly Prince y Gloria Leyland en la revista Ámame, que un restaurant llamado Pepone bautizara platos con sus nombres o que impusieran productos ridículos como el ula-ula marca Jugal (Pinky) o el “Platogiro”, de Plastix (Brizuela y Prince). 

       El fenómeno también incluyó rumores de acaparamiento de avisos por parte los locutores estrella (Canal TV, 30 de oct de 1958, número 17: “El trust lo forman los avisadores”, con declaraciones de Nelly Prince y Piñeyro) o luchas internas como una suspensión aplicada a Pinky en el canal por “tomar por asalto” (SIC de la revista Canal TV) un aviso cuando los locutores cobraban por anuncio leído.                  

   En resumen, esa popularidad excepcional y pasajera de los locutores televisivos, tuvo decenas de caras conocidas y populares entonces,  hoy olvidadas, algunas de las cuales se mantendrían en actividad hasta bien entrada la era color (1980), como Julio Vivar o mucho más, como Nelly Trenti, activa hacia 2020, y recientemente fallecida.  Otros, tal vez como signo de los tiempos, protagonizarían episodios policiales como Guillermo Cervantes Luro o Colomba. Y otros, intentarían una carrera política como la mencionada Pinky o Juan Carlos Rousselot, con poca fortuna.

 

4/2023

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