Miguel Briante ilumina los campos

  Miguel

      Ese mes de enero del 1995, cuando todavía faltaba una semana para que terminara, Miguel ya llevaba escritas siete columnas. Dos sobre arte, otras dos sobre Lévy-Strauss (en una lo  relaciona con MoriaCasán), una referida a la muerte de Carlos Monzón, una desde Belgrano, y la última sobre RayBradbury.

    Así era su universo narrativo, quizás por eso sus textos aún funcionan. Parecen escritos apenas ayer. Es sorprendente la facilidad que tenía para encontrar las puertas que conducen desde un museo a un rancho en las afueras de un pueblo, el oído para destacar un detalle del habla popular y su similitud con un concepto filosófico, poder contar una historia desde El Cairo o desde un asentamiento en Quilmes. Poder escribir un afilado texto sobre un deportista, una estrella de tv, un escritor, un pintor o un mapuche.

    Sobre General Belgrano escribió acaso sus mejores textos literarios. Lo hizo de joven. En una serie que encontró su máxima expresión en la selección que Piglia realizó para “Hombre en la orilla” (de 1968, Miguel tenía 24 años). Piglia lo sabía, y nos dejó armado un artefacto que resultó ser uno de los mejores libros de cuentos, y no sólo de cuentos, de la literatura argentina.

     “Acá, en el boliche de Arispe…”,dice el comienzo de “Esperando a la Enana”. Toda una declaración. Es una serie de cuentos que orbitan alrededor de un almacén, bar, comercio mezclado con club social, lo que sea que son los descendientes de las pulperías pampeanas de las afueras de los pueblos. Es una tradición rioplatense, que me hace pensar en Juceca, Julio César Castro, el gran narrador uruguayo y su boliche El resorte.

      Es una serie extraña la del boliche de Aripe, que creció por fuera de aquel libro de Miguel. Algunos cuentos están en “Ley de juego”, otros en su póstumo “Al mar y otros cuentos”, y que merecen, creo, un edición definitiva que los junte y haga justicia con General Belgrano, convirtiéndolo en nuestro Macondo. Es un lugar que era real, y ahora es más real que antes, donde viven, en un universo autónomo los seres más verdaderos de nuestros pueblos y sus orillas, de los  campos y los ríos, de los sueños y las vigilias.

    Después Miguel fue un desborde escritura, y encontró en la crónica el lugar perfecto para la abundancia de sus intereses. Allí conviven los cuentos bien literarios, los análisis sobre arte, la política, la desigualdad social -acaso uno de los motores más potentes de su escritura-, la frivolidad de los medios y las ferias de arte y de libros, las comunidades aborígenes, los escritores, todo aquello que le interesaba. El listado de sus crónicas a lo largo de treinta años, desde el 1965 a las últimas siete de 1995, es sobrecogedor, y también merece una edición aparte.

     De aquellas siete columnas de enero de 1995, hay una que me parece increíble cada vez que vuelvo a leerla. Quedó un poco perdida en medio de un libro, y para mí define mucho de la obra de Miguel, y representa para los bonaerenses que escribimos un incentivo gigante, saber que todavía, a sus cincuenta años, Miguel seguía relacionado, en un lazo fuerte y de escritura, con su tierra y con su gente. Saber que hay materia de escritura en esos gauchos de hoy, en las orillas, en los campos.

      Es un texto bien mestizo. Se titula “Perder en trabajo y encima el caballo”. Cuenta la historia de un encargado medio vasco, que le cuida los caballos de carrera a su patrón medio catalán. En realidad es un poco cuento, un poco crónica, porque en un momento irrumpe el narrador periodista, incluso transcribe una respuesta. Poco importa, funciona muy bien así. Son, en realidad, dos historias tristes.

    Al principio Salvador, que era peón de estancia, cuenta cómo dejó su trabajo para dedicarse solo a los caballos de su patrón. Y después cuenta la desgracia de quedarse sin ocupación, ya con más de sesenta años, y de la humillación de tener que ir a hacer la cola para pedir un plan de empleo en la municipalidad. Nos identificamos con el peón, que ha perdido sus mejor años, y ya está en la ruina, sin aportes jubilatorios, con la voz de su mujer recordándole que todo lo malo que le sucede se lo había advertido hace tiempo. Pero después se cuenta la historia de su patrón, que perdió sus campos, y su planta de silos, todo. La historia misma de la Argentina. Y ya la desgracia es de ambos.

    Los dos viejos se encuentran cuando Salvador le va a pedir ayuda para llenar los formularios municipales del plan de trabajo. Su ex patrón le dice que en el casillero de profesión hay que poner tractorista, seguro pensando en aumentar sus posibilidades de ser uno de los elegidos entre los miles de aspirantes.

   Es entonces cuando Salvador se enoja. Por primera vez algo lo hace enojar. No se enojó por perder su último caballo, ni por quedarse sin trabajo, ni porque su patrón no le había realizado los aportes jubilatorios; pero, dice “Acá todos me conocen. Soy cuidador de caballos”.

    Poder sintetizar en una historia tan sencilla y profunda los males de la argentina, y a la vez captar lo que en verdad le importa a una persona, su identidad, lo profundo de una vida, no está al alcance de muchos. El cuento es una luz que se enciende en medio de la oscuridad más profunda. Una estrella fugaz que opaca todas las demás y a la vez señala un camino. Una guía en medio de los cielos de las largas llanuras de los campos bonaerenses. Un poco así como fue, y como aún es, la escritura de Miguel.

 Pablo Franco *

 

    *Pablo Fanco nació en Ayacucho. Es escritor y editor de La Flor Azul, un pequeño sello. Como admirador de Briante, pretende publicar, el año próximo una antología de su obra periodística. Organiza, cada enero, una feria de libros independientes en Mar Azul.

3/2020

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